Reseña: “How to Fix Copyright” de William Patry

Internet y las leyes de propiedad intelectual no se llevan muy bien. Como consecuencia de ello, algunos piden derogar las leyes de derecho de autor y otros, Internet. William Patry, por otro lado, simplemente quiere reformar las leyes de propiedad intelectual para hacerlas efectivas en el siglo XXI.

El argumento principal de Patry es sencillo:

“A muchos consumidores ya no les interesa poseer una copia física de una obra, por lo tanto la venta de copias físicas tampoco puede ser el principal modelo de negocios de muchas industrias. Y dado que las leyes que no son consistentes con los mercados y tecnologías existentes no pueden ser efectivas, un régimen legal en el que el principal derecho es el derecho a copiar – copyright- no puede ser el principal objetivo del legislador”

El sistema vigente, en todo el mundo, es uno en el que los autores tienen una serie de derechos exclusivos sobre su obra, lo que les da el derecho a controlar el uso que terceros hacen de ella. Patry propone ir a un sistema en el que el derecho garantizado a los autores no sea el derecho a controlar su obra sino el derecho a ser remunerados por ella.

Si el precio es justo, el consumidor comprará

Hay piratas que siempre serán piratas. Pero la mayoría de los consumidores están dispuestos a pagar si el precio es bueno. Patry cita cifras irrefutables, entre otros, de un estudio titulado “Media piracy in emerging economies”. Por ejemplo, en la India es posible conseguir una copia pirata de la película “The Dark Knight” a un precio que va de 0,40 a 2 dólares; la copia legal cuesta 15 dólares pero, si se ajusta está última cifra a los ingresos indios (mucho menores que los de un americano promedio) el costo de la copia legal equivale a 663 dólares. Algunos distribuidores indios, en cambio, ajustaron el precio y uno, Moser Baer, vende copias legales a precios tan bajos como 2,15 dólares. Los distribuidores indios también salieron antes al mercado “retail”, lo que es lógico: las películas piratas no respetan las ventanas tradicionales de exhibición ¿El Resultado? No es raro que las películas indias tengan ventas superiores al millón de copias y una, “Jab we met”, superó las seis millones de copias.

El ejemplo indio para el mercado de copias físicas es perfectamente trasladable al mercado digital. Para que cualquier modelo de negocios triunfe el precio y el catalogo deben ser atractivos y el servicio tiene que ser rápido y de calidad. Cualquier servicio de “streaming” que cuente con estás características deja fuera de combate a los piratas. No solo eso, las leyes de propiedad intelectual también pueden incentivar el modelo legal sobre el ilegal, prohibiendo el primero y favoreciendo el segundo. Está es una de las formas que una ley del siglo XXI garantizaría a un autor su justa compensación.

Por supuesto, en muchos casos no es posible comparar el mercado legal con el pirata por la sencilla razón que no existe el mercado legal. Esto es obvio para cualquier argentino que quiere, pero no puede, acceder a servicios de música tan populares como Spotify o -mi preferido- Pandora (los invito a hacer click en estos últimos enlaces para comprobarlo).  En este escenario, el objetivo de la ley tiene que ser incentivar a que estos existan. Esto puede ser logrado bajando los costos de transacción para que los particulares negocien estos derechos. Y esto se logra acortando los plazos y exigiendo formalidades.

Plazos cortos y formalidades

En alguna ocasión quise averiguar quienes eran los actuales titulares de derechos sobre una vieja película argentina de la década del 40. El objetivo era negociar la remake. Para la ley argentina, los titulares son los autores -guionista, productor y director-, sus herederos o las personas que adquieran este derecho de alguno de los titulares. El guionista, el productor y el director llevaban largo tiempo muertos, pero no el suficiente para que la obra sea de libre utilización. Esto, porque cada vez es más común extender los plazos de protección y porque, gracias al convenio de Berna, ya no es necesario registrar la obra, como antaño (aunque la ley argentina lo exige en su artículo 63 para las obras nacionales).

Patry entiende que hay que acortar los plazos y exigir el registro. De nuevo, tiene estadísticas para respaldar su premisa. Así, entre otros, cita un estudio del profesor Jason Schultz, que relevó 10.027 libros publicados en los Estados Unidos en 1930. De ese total, solo 174 (el 1,7%) continuaba siendo editado a la fecha del estudio. Esto es porque, para muchas obras, los plazos de explotación económica son mucho menores que los de protección legal. Es más, millones de obras tienen poca o ninguna expectativa de ingresos: para ellas no interesa que el plazo sea corto o largo. Un registro serviría para reducir sensiblemente los costos de transacción para hacer uso de obras de terceros porque uno sabría, en todo momento, con quien negociar.

Un sistema “opt-in” tiene muchas ventajas, aún si no se acortan los plazos de protección porque en la práctica solo se renovarán aquellas obras cuyos autores quieran explotarlas. El resto pasarán pronto al dominio público. El problema, es justamente el Convenio de Berna, del que nuestro país es parte y que prohíbe las formalidades para las obras extranjeras. Las dificultades de implementar un registro son muchas pero no imposibles de remontar.

Evidencia empírica ante todo

El libro es mucho más extenso y una reseña total es un imposible. Así, Patry también cree que es necesario ampliar mucho más los derechos de terceros al uso de las obras. Aplicado a Argentina esto significaría, por ejemplo, reformar la ley para que quede absolutamente claro que la parodia es legal.

Patry cree que las leyes de propiedad intelectual son un campo propicio para aplicar la evidencia empírica. Y que ninguna reforma puede permitirse que no provea está evidencia.

Conclusión

Este es un libro altamente recomendable para todos aquellos que quieran adentrarse en el misterioso pero satisfactorio mundo de las leyes de propiedad intelectual. Y como es un libro ágil, con más evidencia empírica que citas a olvidados autores y oscuros precedentes, no hay obstáculos para que el lego disfrute su lectura.

Eso si, Patry no es siempre justo con los actuales intermediarios (distribuidoras, discográficas y editoriales) y da la impresión que, para él, a estos solo les queda el cementerio. Creo que en este salvaje nuevo mundo hay lugar -o lo habrá por muchos años- para todos ellos. Pero es cierto que deberán adaptarse, lo que tampoco es fácil.

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